Familia García: cuando la pobreza pesa, pero el vínculo sostiene

El cambio ocurre cuando las familias descubren sus propias capacidades

“Sin dinero no somos nada.” Así describía Laura, la hija adolescente, la vida de su familia.

La familia García migró de Tlaxcala a Puebla buscando mejores oportunidades. Pero como ocurre con muchas familias, el cambio no solo trajo retos económicos, sino también emocionales y relacionales.

José, el padre, trabajaba como albañil en condiciones inestables. Rosa, la madre, intentaba contribuir con trabajos de limpieza, muchas veces asumiendo deudas generadas en las casas donde trabajaba porque le cobraban objetos que se rompían. Mientras tanto, Laura, de 13 años, había dejado de ser solo hija: se había convertido en sostén emocional de todos.

Cuando la familia llegó a JUCONI, la preocupación inicial eran los hijos en la escuela. Pero pronto se hizo evidente algo más profundo: el peso emocional de la pobreza estaba marcando cada relación dentro del hogar. “La pobreza duele en el cuerpo”.

A pesar de todo, había algo fundamental: la familia contaba con vínculos afectivos, cuidado mutuo y una base emocional que podía ser fortalecida.

Tras la aplicación de los instrumentos de evaluación familiar se inició el acompañamiento con el objetivo de facilitar la conexión afectiva entre sus miembros y reflexionar sobre el impacto de la violencia en la dinámica familiar y el desarrollo emocional.

De manera paralela, se ofrecieron servicios complementarios como el acceso a atención médica y alimentaria; Laura participó en el taller de adolescentes, con el propósito de fortalecer sus habilidades socioemocionales, su independencia frente a las problemáticas familiares y sus competencias educativas; Rosa participó en mentorías educativas, donde pudo adquirir conocimientos sobre las etapas del desarrollo, favoreciendo una mayor comprensión y atención a las necesidades de sus hijos; los dos hijos varones, Pedro y Juan, se integraron al taller psicoeducativo para niñas y niños, fortaleciendo sus habilidades socioemocionales; Juan, el hijo menor, participó en actividades de deporte, recreación y cultura; en cuanto a Pedro, se le acompañó en sesiones emocionales individuales en un proceso para conversar sobre sus retos en la escuela, su familia y su grupo de pares en el marco terapéutico denominado Tiempo Especial.

A lo largo del proceso, cada integrante transitó su propio camino:

  • Laura empezó a soltar responsabilidades que no le corresponden.
  • Rosa descubrió nuevas formas de comprender y acompañar a sus hijos.
  • Pedro y Juan desarrollaron habilidades para expresar y regular sus emociones.
  • El señor José logró mayor estabilidad en su rol proveedor.

No fue un proceso fácil. Hubo resistencia, tristeza y momentos de quiebre. Pero también hubo algo nuevo: espacios para hablar, comprender y reconstruir.

Con el tiempo, los cambios se hicieron visibles no solo en la dinámica familiar, sino en su vida cotidiana.

  • José incrementó sus ingresos en un 20%.
  • Laura recuperó su lugar como hija… y algo más: su voz.
  • Laura participó como representante en el Foro Nacional: la paz comienza en casa, llevando su experiencia a un nivel que antes parecía impensable.


Hoy, la familia García es distinta. Más conectada. Más consciente. Más fuerte.

Y su historia confirma algo esencial: el cambio sostenible ocurre cuando se trabaja desde las capacidades, no solo desde las carencias.