Iker: de la frustración a la confianza

Cuando Iker llegó al espacio de JUCONI, quedarse dentro del salón era casi imposible.

Se sentía abrumado, evitaba participar y, cuando algo no salía como esperaba, su frustración se convertía en golpes, patadas o en salir corriendo sin rumbo.

Detrás de su conducta había algo más profundo: dificultad para sentirse seguro.

Su cuidadora también estaba rebasada. No sabía cómo acompañarlo y, muchas veces, reaccionaba desde el cansancio y la frustración. Como ocurre en muchas familias, nadie les había enseñado otra forma de hacerlo.

Ahí comenzó el acompañamiento.

Mientras Iker encontraba en el espacio actividades que conectaban con él —dibujar, jugar, explorar—, su madre inició un proceso propio. En los talleres de competencias parentales, descubrió nuevas formas de entender a su hijo, de acompañarlo y de responder sin violencia.

Poco a poco, algo empezó a cambiar.

Primero fueron pequeños momentos: quedarse unos minutos más en el salón, participar en una actividad, acercarse a otros niños.

Después, los cambios se hicieron más visibles: Iker empezó a jugar, a reír, a bailar. A sentirse parte.

Con el tiempo, logró algo que antes parecía inalcanzable: quedarse en el espacio sin su mamá, confiando en que estaba en un lugar seguro.

Este cambio no ocurrió por casualidad; ocurrió porque hubo un acompañamiento constante, porque el entorno se adaptó a sus necesidades y porque su familia también fue parte del proceso.

Hoy, Iker no solo participa, pertenece.

Y esa diferencia —entre ser excluido o sentirse parte— puede cambiar por completo el rumbo de la vida de una niña o un niño.